Sí podemos hacer algo. Los entrenadores debemos adaptarnos a la realidad actual, a lo que ocurre en nuestra sociedad para que nuestro trabajo, el invisible, aporte y haga mejorar a los jugadores también como personas. Cargarlos de valores positivos.

Una vez escuché decir: “si quieres saber cómo es un entrenador pregúntale a los jugadores”. Pasar por su vida y no dejarles nada, es la prueba máxima de incompetencia. No importa que lo vean al instante o años más tarde, pero que hereden algo de nosotros, los entrenadores.

La nueva forma de entender el trabajo en grupo nos lleva a ser estrategas, psicólogos, compañeros, orientadores, y muchas cosas más, sin perder de vista nuestra posición. Si nos desnaturalizamos, no tendrá sentido estar al frente de un equipo. Hay mucho trabajo que no se puede plasmar en una hoja de sesiones.

Los derechos de un jugador a reclamar empiezan cuando cumple con sus obligaciones profesionales. Respeto hacia sus compañeros, entrenador y asistentes, hacia la entidad, compromiso, disciplina, adaptación al entorno y a las personas con las que trabaja, que sienta que los intereses del colectivo están muy por encima de los individuales.

Hoy, muchos jugadores de cualquier deporte, debido a la influencia de los medios de comunicación, redes sociales, intereses personales propios y a la toxicidad de ciertas personas que los rodean, viven en una peligrosa burbuja y las burbujas, tarde o temprano explotan.

Y nos preguntamos por qué ahora los jugadores tienen menos talento. Ya no juegan, se exhiben. Ya no se incentiva la creatividad, los convertimos en atletas que en lugar de pensar usan la intensidad para competir. Ya no existe la educación como base para una buena y larga convivencia además de ser el camino de la progresión. Ya no importa nada más que el rendimiento individual, las fotos para compartir, los vídeos de sus goles, sus números, sus records, los “likes and comments” ¿En qué punto estamos?

Aquel entrenador que sepa identificar sus carencias y guiarlos, con un gran sentido de la orientación personal, armado de paciencia y valentía, sin duda tendrá el objetivo más cerca que otros que, se dedican a girar la cabeza con el único objetivo de estar ahí. Es nuestra obligación porque ellos no son los culpables de todo y… lo merecen.

En esta etapa de mi vida, me es imposible separar lo personal de lo deportivo. Ante todo, intento eliminar los malos hábitos, deficientes comportamientos y excesos de los jugadores. Procuro que sepan ver al compañero, aceptando sus defectos y virtudes y lo necesario que es para el funcionamiento del grupo. Nadie es perfecto, pero elijo estar rodeado de gente productiva y que sume en todos los ámbitos.

Si tengo que tomar decisiones, las tomo. Pocas veces me vuelvo a casa sin sufrimiento tras decidir sobre otro ser humano. Mis decisiones no están relacionadas tan directamente como creemos con el rendimiento técnico/táctico en exclusividad. Empatizo y valoro las consecuencias, pero al final, vuelvo al punto de partida: “estoy en una constante toma de decisiones” que, en mi caso, afecta directamente a personas. Lo entiendo.

No es fácil ser entrenador, más, si realmente comprendes cuál es tu papel. No eres el centro de nada hasta que se cosechan malos resultados, pero sí la barrera que impide que el tren descarrile. No ganas partidos y sí los pierdes. Sólo eres la persona a la que acudirán cuando lo necesitan que, es generalmente cuando se dan de bruces con la realidad y, en privado. Nadie te va a valorar así que, empieza por hacerlo tú mismo.

El jugador joven, casi siempre, se mueve por imitación. Es insoportable ver como la actitud de importantes deportistas de alto nivel, muy visibles a nivel mediático, está influyendo de forma negativa, en ellos.

El deporte, el fútbol sala, es algo perfectamente comparable con lo que ocurre hoy en nuestra sociedad. ¿Vamos por el buen camino? ¡Creo que no! Que cada uno saque sus conclusiones y tome sus decisiones para ayudar en la medida que sea posible.

Sencillamente es una reflexión sobre la famosa y real “soledad del entrenador” que comparto con la intención de “saber dónde estamos” para “poder elegir el camino correcto”.